Boyhood: lo admirable y complicado de contar la vida

Mason es de los que chicos que se tiran al piso boca arriba y observan el cielo. Cada tanto baja la mirada y detecta las pequeñas vidas que existen en el pasto. Huele la tierra. Es de los que se sientan en el banco de la última fila de la clase. Desde ahí puede ver todo el movimiento del aula, las reacciones de sus profesores y los gestos de sus compañeros. Es el adolescente que en una fiesta con amigos camina entre la gente, sabe todo lo que pasa y observa pero nunca se acomoda en el centro de la escena. Se ríe de las locuras o excesos de otros. Es el que no se enfrenta, de los que guardan dolor y frustraciones. Es el que no necesita alardear ni mostrarse mejor de lo que es. Es sincero, de buen corazón y repleto de inquietudes. Es artista, le sobra sensibilidad. Mason es distinto.

¿Qué tan especial tiene que ser una película para reconocer tantos aspectos de un personaje? Sin dudas, tiene que ser algo verdaderamente diferente. Boyhood, de Richard Linklater, es un film diferente con intenciones para elogiar y aplaudir. Pero la idea del film, brutalmente ambicioso, pareció demasiado difícil de abarcar y, por momentos, se escurrió.

Linklater (el de la muy buena trilogía de Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer) se propuso contar en una película ni más ni menos que la vida. Es probable que un film de casi tres horas no sea el formato justo para hacerlo. El proyecto resulta tan poderoso que cae en algunas flaquezas imposibles de amagar.

Boyhood sigue la vida de Mason desde que tiene unos nueve años hasta los diecinueve, cuando llega a la universidad. Linklater filmó a los mismos actores durante doce años, aunque con quien más se percibe el paso del tiempo es con el protagonista (los años determinarán si Ellar Coltrane actúa de sí mismo o es verdaderamente un gran intérprete).

Es ambigua la forma en la que Linklater elige contar la historia de Mason. Por un lado, no esconde la crudeza de la vida con la aparición de un par de novios de su mamá (Patricia Arquette, gloriosa) que, rotos de fracasos y borrachos, lo obligan a vivir situaciones duras. Pero el film no se excede en ningún momento. Y una de las pocas cosas claras que quedan de la vida es que los excesos siempre sobran. La película muestra algunos amoríos de Mason pero no lo exhibe mientras tiene sexo. No muestra su cuerpo flaco y sin músculos desnudo. La historia atraviesa momentos fuertes y dramáticos pero no expone al protagonista, por ejemplo, a un aspecto tan elemental como natural: la muerte. El relato, entonces, queda en un tono algo grisáceo que no termina de convencer.

Es imposible no pensar en Los 400 golpes durante Boyhood. En algunas secuencias, Mason se parece bastante a Antoine Doinel, el histórico personaje que creó Francois Truffaut en 1959. El director francés hizo un proyecto similar con el protagonista de su gran película. Con los años, continuó la historia de Antoine, interpretada por el inmortal Jean Pierre Léaud, y lo retrató en los diferentes momentos de su vida (estimado lector: si tiene la posibilidad de adquirir este pack es posible que su vida sea un poco más feliz).

Pero la diferencia entre un relato y otro tiene que ver con las formas. Linklater habla a través de un personaje profundo que divaga y se cuestiona sobre el sentido de la vida mientras posa su mirada a través de una cámara de fotos y se siente herido cuando su supuesto gran amor decide dejarlo. Truffaut, en cambio, usa un método más directo para dar a conocer a su protagonista, mucho menos sofisticado pero no por eso menos efectivo. Antoine Doinel ve en la calle que su mamá es infiel pero está obligado a no decir nada porque en ese momento él debía estar en la escuela. Sufre. Es capaz de decirle a su profesor que su mamá murió para salvarse de un castigo por no hacer la tarea. Se acomoda como puede. Por esa situación recibe un brutal cachetazo delante de sus compañeros. Es humillado. Antoine corre, escapa por una playa y se dirige al mar. Entonces, mira a la cámara como si le preguntara a cada uno de los espectadores qué es lo que ellos podrían hacer por él, un alma perdida. Ya no aguanta más. Linklater es lo abstracto y las palabras. Truffaut, lo concreto y las acciones.

Hay otra referencia que podría compararse con Boyhood: El árbol de la vida, de Terrence Malick. Son dos películas de ambición abrumadora. Pero el exhibicionismo de Malick se justificaba en cada plano. Cada secuencia de su film es un desafío brutal y constante. Su talento para filmar agrega a la historia un condimento dramático evidente. Pero con Linklater eso no pasa. En Boyhood, su dirección no enamora. Su película tiene varias escenas en la que hay diferentes interpretaciones musicales en vivo. Ninguna se luce, todas están sucias. Cómo no pensar en Inside Llewyn Davis. Una joya en la que cada actuación de los músicos generaba un encanto especial. A los hermanos Coen les sobra talento para filmar, al querido Richard no.

Hasta en el gusto musical parece fallar en algún punto Linklater, con algunos temas que no funcionan. Yellow, de Coldplay, es un pésimo comienzo, por ejemplo (Hero, de Family of the year, sí es una hermosa canción). ¿Y la edición? Hay varias secuencias que sobran o no terminan de funcionar. La escena que debería haber sido cortada es, sin dudas, la del mesero. El diálogo del final parece alargado e innecesario.

Por momentos, todo es demasiado aleccionador. La política -pro Obama- pretende meterse de manera sutil pero al final se convierte en un costado que queda a mitad de camino y en tono propagandista.

Boyhood tiene momentos emocionantes y sinceros. La película funciona a la perfección en la última hora, cuando Mason llega a un período de madurez y el relato se estanca -al fin- en el momento en el que se enamora, termina el secundario y da el paso a la universidad. Hay secuencias que encantan. Cuando come papas fritas en un bar durante la madrugada y percibe su libertad. Cuando besa a su novia en un balcón y aprecia la ciudad a la que se mudará. Cuando toma un alucinógeno antes de lanzarse a caminar por el desierto y entiende que su vida tiene demasiadas páginas en blanco por completar. La película es actual y pone en la mesa temas que se discuten en el día a día, como el funcionamiento de las redes sociales. Mientras maneja relajado en la ruta, Mason da un largo -y bastante coherente- monólogo en el que cuestiona al uso del Facebook. Su novia le responde con una imagen de su celular: la foto de un cerdo que acaba de ser subida por una amiga. En esta secuencia es difícil no sentir frustración e impotencia por vivir en tiempos demasiado desapasionados, livianos y aburguesados.

Lo de Linklater es admirable. Boyhood es una hermosa declaración de amor al cine. El film, de casi tres horas, nunca aburre y despierta permanente interés. Es un intento puro de ser distinto como Mason, su gran personaje. A la vez, la película podría llegar a ser una lección que enseñe que a veces son las cosas chicas las que generan algo grande y no al revés. El objetivo del director era demasiado complicado y en algunas partes no pudo esquivar algunos vicios. Contar la vida es como surfear una ola que no hace más que crecer. En algún momento se va a llevar puesto todo.