La pregunta que Rogue One obliga a hacerse

(# Lo de siempre: no tiene sentido escribir sobre este tipo de películas sin spoilers; si todavía no la viste, hay tiempo para escapar de acá)

Darth Vader puede contra todos. No importa los que se pongan adelante, él está por encima. Es capaz de cualquier cosa, menos de quedarse con el disco que contiene los planos que enseñan cómo destruir a la Estrella de la Muerte. La secuencia es dolorosa: está la furia imbatible del villano más espectacular de la historia del cine. Hace agrandar los ojos y acelera -al fin- las palpitaciones. Y también está el vacío. Todos saben que ese disco, esa información, llegará a manos de la princesa Leia. ¿Y entonces? El suspenso, la tensión, prácticamente no existe.

Esa sensación, sobre el final de la película, se arrastra durante casi todo el camino de Rogue One,  el spinoff de Star Wars dirigido por Gareth Edwards. ¿Dónde está la sorpresa de todo esto? (¡Imposible no pensar en Sully!)

La historia: a Jyn Erso la usan los rebeldes para llegar a los enemigos y el misterio de la Estrella de la muerte, un arma que se supone que puede ser capaz de todo. Ella, una joven sin ningún talento en particular, movida por el deseo de encontrarse con su papá, un supuesto genio capturado por el Imperio, se lanza. En el medio, se encontrará con un grupo que la acompañará como líder de la misión.

La primera secuencia de la película parece una sentencia de principios: en vez de sacudir al espectador y ponerlo bien arriba con alguna situación de acción pura, lo baja. Lo mete en la raíz de la historia, en qué pasó con la infancia de Jyn. Se toma el tiempo para la introducción, planta su semilla para lo que viene.


Pero, después de eso, el relato se traiciona: todo empieza a ser apurado, sin explicación, indiferente al contexto. ¿Por qué Jin aparece arrestada? No se sabe. Una elipsis demasiado bruta, que va de la niñez de la protagonista a la adultez, que le hace perder muchas tuercas a la historia. Esa falta de desarrollo pone en ridículo a un personaje como Saw Gerrera (Forest Whitaker), quien se supone que cuidó de la chica tras la muerte de su mamá y la desaparición de su papá. Ni un poco de esencia.

Así como el episodio VII tuvo mucho de “grandes éxitos de Star Wars”, como si lo importante fuera que los fanáticos no se sintieran decepcionados, en Rogue One se repite la fórmula. Hay un cameo de R2 y C3-Po que no se puede creer: en el medio de una secuencia bélica, plena de acción y en la que todo se vuelve serio, los personajes más divertidos de Star Wars tienen una aparición fantasma que no aporta nada. Todo parece atado al factor de la nostalgia para enganchar a un grupo de fanáticos obsesionados por una saga legendaria. Pura demagogia.

La película no termina de atrapar (y queda muy lejos de enamorar) porque tiene una cantidad inexplicable de personajes (¡y de planetas!). Entonces, nunca se los termina de conocer por completo. ¿Por qué luchan? ¿Cuáles son sus sueños? ¿Qué los oprime? ¿Para qué arriesgar la vida? Imposible sentir algún tipo de empatía. No hay épica y, lo peor: por momentos se siente aburrida. ¿Hay que emocionarse por el contexto? ¿Hay que sentir empatía por estos héroes anónimos porque le pasaron la posta a los personajes emblemáticos? De ninguna manera. La película debería tener autonomía y vida propia. Cassian (el personaje que interpreta el tibio Diego Luna) es probablemente el más grave de todos.

La dirección es casi tan elemental como en las películas originales de Lucas, pero lo que en ese momento era una necesidad de recurrir a la simpleza para conseguir buen gusto, ahora es una señal de mediocridad. Más allá de la idea de respetar la estética de la saga, no hay planos que enamoren ni secuencias que llamen la atención.

El guión contempla a un grupo de rebeldes variado en cuanto a razas y etnias (el latino, el árabe, el negro), pero es egoísta a la hora de trabajarlos. Ninguno se destaca especialmente. Son una masa de nada. La historia recién toma picante en los últimos quince minutos, cuando el mando narrativo sólo se dedica a la acción pura.

Rogue One, la segunda creación de Disney después de comprarle la franquicia a George Lucas, obliga a hacerse la pregunta: ¿es el momento de soltarle la mano a la saga?