Star Wars (VII): un déjà vu más comercial que cinematográfico

(#No tenía ningún sentido escribir este post sin spoilers)

Suena la música de John Williams y aparecen las famosas letras amarillas que se mueven, como si se escondieran, sobre el fondo de la pantalla. Varios de los que están en el cine no pueden contenerse: sacan fotos, filman, aplauden. Es una secuencia que describe con algo de justicia a la nueva película de Star Wars: la nostalgia se impone como actor principal. El problema es que ese sentimiento surge por una saga que ya se hizo y es legendaria, pero que no vuelve a activar del todo otras sensaciones. Sólo parece un homenaje al pasado, una especie de “grandes éxitos” que no termina de funcionar como película independiente.

La trama: treinta años después de la Batalla de Endor, en la galaxia no se llegó a la paz. La Alianza Rebelde, ahora la “Resistencia”, combate contra la “Primera Orden”, un grupo que desciende del Imperio Galáctico. Luke Skywalker parece la llave que se necesita para llegar a la paz, pero nadie sabe dónde está. Entonces, los buenos y los malos luchan por encontrarlo (en esta cuestión hay un ligero problema: con la muerte de Darth Vader, se suponía que el conflicto quedaba resuelto. ¿Qué pasó, entonces? El relato no se toma el tiempo de contar cuál es el nuevo escenario político ni cómo se provocó).

Los primeros 20 minutos funcionan muy bien. Introducen a los nuevos personajes con sensibilidad, ritmo y un toque humano que otras Star Wars no tuvieron. En plena invasión enemiga a un pueblo, un Stormtrooper -Finn- luce arrepentido. Se da cuenta, en el medio de una masacre, que no quiere representar a ese bando. Con el casco manchado de sangre, deja de disparar. Casi sin darse cuenta, después de traicionar a su grupo y escapar, se juntará con Rey, una joven del planeta Jakku que parece tener el toque de la Fuerza (el toque es tan fuerte que de ser una ciudadana normal de un remoto pueblito pasa a luchar mano a mano con el villano más potente, navegar las naves más difíciles y mucho más…). En ellos descansará la saga en el futuro.

A partir de la presentación de esos dos personajes, El despertar de la fuerza se vuelve una especie de déjà vu. Vuelven Han Solo y Chewbacca, también el mítico Halcón Milenario. Después del fracaso de los episodios I, II y III, J.J. Abrams, director de la película, camina como si estuviera sobre un lago congelado a punto de quebrarse. Da pasitos chicos y seguros. No parece querer arriesgar ni ofender a los fanáticos de Star Wars. El film es una especie de homenaje a la primera trilogía (IV, V y VI). ¿Por qué? Porque Abrams filma sin grandilocuencia, es simple y recurre a los mismos recursos de las películas de los 70. Y, la verdad, esto es un acierto. El tono de la historia es agradable y funciona bien (John Williams vuelve a consagrarse: está entre los grandes maestros del arte de los últimos 50 años). El problema es que los elementos del guión no terminan de acompañar. La sensación es que todo está puesto para repetir lo que ya se hizo (¡la otra Estrella de la Muerte!, el otro bar galáctico, el nuevo R2-D2, el otro prodigio que se vuelca a la Fuerza Oscura).

Quizás la película está pensada para que funcione todavía mejor cuando vengan los episodios VIII y IX, porque queda mucho por resolver. La secuencia de la muerte de Han, por ejemplo, pierde un poco de peso (más allá de que el grito de “¡Ben!” eriza la piel de cualquiera) porque no se sabe mucho sobre la relación que tiene con su hijo, un villano del que se conoce muy poco y está lejos, lejísimos del gigante Darth Vader.

El toque Disney es evidente. Antes, cuando alguno de los soldados del Imperio Galáctico fallaba, Darth Vader no tenía problemas en matarlos. Ahora, Kylo Ren destruye una consola pero no es capaz de asesinar a uno de los suyos.

El mundo Star Wars no tiene nada que envidiarle a nadie en el sentido de la aventura y la adrenalina. Pero algunas de las secuencias de persecución y luchas no cierran del todo. Fue imposible no pensar en Mad Max, uno de los mejores estrenos de este año. Ahí sí se percibía una tensión pura, repleta de emoción y nervios. El despertar de la fuerza no se siente imponente. Y con el tema de las emociones pasa más o menos lo mismo: el encuentro entre Han y Leia es frío (hay que sacar de lado el contexto de las películas anteriores para analizar esta secuencia; la escena, como varias otras, no funciona de por sí).

El film, en definitiva, tiende a ser un permanente guiño a los nostálgicos, una repetición que suena más comercial que cinematográfica.