Bloodline: cuando el producto se devora a la serie

La familia Rayburn es el maquillaje más caro, el cuento mejor contado, la ficción extremadamente cuidada: desde afuera, a lo lejos, parece tranquila, calma y hermosa. Sólo hay que acercarse un poco más, meterse bien adentro para asistir a la verdad. Una reunión junta a los cuatro hermanos con sus padres. Lo que no debería haber sido más que otra de esas planificadas y meticulosas fiestas-aniversario de blanco se convierte en una ola furiosa que hace explotar todas las miserias que estaban escondidas en el fondo del mar. Expone el pasado como nunca. El calor del cayo de Miami se transforma en el infierno más paradisíaco.

John no es el hermano mayor, pero es el jefe de la familia. Policía, casado hace demasiado y con dos hijos, mantiene una vida más o menos calmada como lo que es: un líder. Sus hermanos, la hermosa y talentosa abogada Meg y el atorrante Kevin, lo respetan y ceden ante su rol. También sus padres, Robert, el patriarca, (el gran Sam Shepard, autor del fascinante libro de cuentos El gran sueño del paraíso) y Sally (Sissy Spacek, la peculiar colorada que descubrió Terrence Malick en la brillante Badlands). Pero nada de eso funciona para Danny (Ben Mendelsohn, que fue nominado a un Emmy por el papel; ¡uf! ¡qué bien actúa este muchacho!). Él es el más grande de los hermanos. Él es el que estuvo afuera del pueblo, lejos del negocio familiar, una posada sobre la playa con gran reputación y prestigio. Él es el que carga con demasiadas penas del pasado. Él, manipulador, alcohólico, peligroso, es el que quiere cambiar las reglas del juego.

Bloodline, uno de los grandes estrenos de Netflix en 2015, es un juego de manipulaciones intenso, dramático, negro. El relato es prolijo y arriesgado a la vez. Está pensado desde los detalles: el calor, el clima tropical, la lluvia poderosa y los mares cristalinos parecen un personaje más. Es fácil relacionar a lugares tan lindos con sensaciones pacíficas y tranquilas. Quizás por eso funciona tan bien el contraste. Sí, los Rayburn pretenden mostrarse como la familia feliz que vive en la playa. Pero nada de eso. Más detalles, elementos que regalan verosimilitud a la serie: John, algo gordo y dejado estar pero con un evidente atractivo, siempre con camisa de manga larga, transpira justo en la zona de los abdominales altos, un poco más abajo de los pectorales. En cada secuencia se ve su marca. Es un guiño sutil y espectacular.

¿Qué pasa cuando hay alguien en la vida que sólo genera problemas? ¿Qué pasa cuando ese alguien amenaza con poner en peligro a tu familia? ¿Hasta dónde se podría llegar?

No hay fisuras. (Casi) Todo se siente bien en Bloodline. ¡Qué bien contada está la historia! El relato, de doce capítulos, da a conocer el final desde el primer episodio. Pero sólo exhibe una pieza. Es imposible no querer saber cómo quedará el rompecabezas completo. Con delicadeza, como los que saben, Netflix se cargó una serie compleja y con elementos de alta calidad. Hasta el final. En el último capítulo, aparece una mancha, como la camisa de John cuando se expone al brutal calor.

El guión, creado por Glenn y Todd Kessler y Daniel Zelman, tiende a abrir el juego en vez de cerrarlo cuando -al fin- las piezas armaban un rompecabezas impactante, con muchas respuestas, enormes emociones y sólo algunos interrogantes. Pero, sobre el final, hay algunos giros que resultan demasiado abruptos. ¿Por qué? La intención es evidente: abrir las puertas para que Bloodline deje de ser una serie y pase a ser un producto. ¿Cómo? Imaginando una segunda temporada que, por lo bien que se vio la primera parte, es imposible de imaginar.

¿Por qué no cerrar la historia como lo que fue? Calidad, prolijidad y pasos firmes. Porque fue una serie muy vista, una historia imposible de soltar. Es ahí cuando la serie se transforma en un producto, el momento exacto en el que algo artístico no es más que un emprendimiento económico. Sobre el final, el relato da pasos torpes e intenta plantear algunos panoramas conflictivos para el futuro.

Dicho de una forma más sencilla: en el último capítulo, aparece un personaje que la serie -ni la historia- necesitaban. El relato estaba cerrado, no había lugar para más. Pero el golpe es demasiado bajo. La concepción de Bloodline se despedaza. La serie deja de ser una serie o, por lo menos, abandona sus posibilidades de aspirar a la grandeza.

Temporada 3

 

Era obvio cuando terminó la primera temporada: por la forma en la que fueron contados esos trece capítulos, no había demasiado lugar para mucho más. Pero, después del éxito en la primera parte, ¿qué le va a importar a Netflix si la historia corría riesgo de arruinarse?

En la última temporada de esta serie, una precisa radiografía a una familia que pretende ofrecerle al mundo la imagen de perfección pero esconde miserias tan grandes como el océano, todo queda reducido a los hechos.

Uno miente un poco más, otro un poco menos, alguna se escapa de la situación porque ya no aguanta más. Pero falta la esencia que termina por justificar los relatos largos: la evolución de los personajes.

En la última temporada de Bloodline, hay algunos momentos espectaculares en los que a Sally, la madre, no le importa nada. Secuencias en las que parece repugnada, perfectas. Pero sólo ella cruza el límite y propone agresividad.

El resto, más de lo mismo.