Memorias de un ex repositor externo (parte II)

En el mismo local, en Barrio Norte, una mujer se me acercó y preguntó: “¿Por dónde están las latas de choclo?” En esos casos, siempre intentaba responderles, pero sabía tanto de la ubicación de las cosas como ella. O menos. Sólo iba cada una semana y casi siempre modificaban los productos de lugar, dependiendo de las ofertas que había y los descuentos de la semana. “Eh…la verdad que no sé…no trabajo acá… soy repositor externo”, contesté. “¡Ay! Pero no servís para nada. ¡Sos un inútil!”, respondió, a los gritos, mientras caminaba con velocidad, remarcando la fuerza de sus pisadas.

Así como es fundamental tener una buena relación con el “contralor” y los empleados del sector donde se guarda la mercadería, la convivencia con los jefes determinará el éxito o fracaso en el trabajo. Son los encargados de aprobarte nada más y nada menos que los pedidos. Lo peor que le puede pasar a un repositor es que su pedido, que requirió un esfuerzo de la compañía (en la fábrica de discos salen las órdenes que luego son llevadas por un flete que tiene un recorrido estipulado), sea rebotado. Es decir, que en la puerta del local, los encargados del sector rechacen el ingreso de la mercadería. La misión de los jefes (sólo el gerente está más arriba en el organigrama, pero éste no tiene relación con los repositores) es mantener equilibrada la balanza del presupuesto asignado y las ventas. Esta es una reproducción de negociación que solía tener:

– Escucháme, no tenés más mercadería. ¿Cuántos te mando?
– ¿Pero cómo que no hay más merca? Si la otra vez vi un par de cajas en el depo.
– Sí, pero ahora sólo queda una y son todos de la misma línea.
– Bueno, si son clavos devolvelos. No los quiero acá.
– Se venden, son los clásicos de Mozart, Bach y Beethoven, pero falta un poco más del resto para mecharlos.
– Bueno, ¿cuántos querés mandar?
– Y….con 800 vamos a estar bien.
– No. Es mucho. Hacelo de 500.
– Bueno, dale. Lo pido para la próxima semana.
– No. Mejor para la otra porque la que viene tengo inventario.

Una vez, uno de los jefes más pedantes, de un local de Olivos, me llamó a su oficina. No teníamos la mejor relación. Hacía poco no me había dejado entrar al local por tener algo de barba (aunque sólo era de dos días). Un par de veces me había rebotado mercadería con la excusa de que le habían mandado títulos que no quería y cantidades mayores a las que pretendía. Me pidió que anotara su número de teléfono y saqué de mi bolsillo mi celular. Era un Samsung que nunca me pareció del todo llamativo ni extraordinario. Pero él no pensaba igual. “Ah bue….mirá el celular que tiene el repositor”, le dijo a un compañero que estaba con él en la oficina, encargado del ingreso de la mercadería. “Y…viste cómo son…se gastan el sueldo en los teléfonos”, agregó el otro. Preferí no responder. Sólo reí y anoté el número.

Había una empleada del sector de electrodomésticos del local de Barrio Norte a la que le prestaba especial atención. Era la encargada de manejar la caja y, en general, los días de semana, a la tarde, no tenía mucho trabajo. A esa mujer nunca la vi reír. Ni siquiera una mueca. De unos 42 años, usaba aros de perla y sus dientes frontales eran enormes. Solía apoyar su mentón en la mano derecha, mientras dejaba perdida su mirada en algún televisor. Ignoraba a los clientes. Cuando no veía a alguno de los empleados del sector, para pedirles que me abrieran el depósito, le preguntaba a ella si sabía dónde estaban. “No sé….deben estar comiendo”, respondía, mientras se daba vuelta y me daba la espalda. Intenté pensar en cómo sería su vida fuera del trabajo. Me costó. Le pregunté a un compañero sobre ella. No pudo decirme mucho, salvo que era soltera y no tenía familia. Se me ocurrió que quizás su vida pasaba por dormir, comer y trabajar.

Me gustaba hablar con los empleados cuando subíamos las escaleras hacia el depósito o me esperaban mientras seleccionaba los discos que iba a reponer. Con algunos, las charlas tenían que ver con las cosas que pasaban en sus vidas afuera del supermercado: que los fines de semana pasaban música en alguna fiesta, el comentario de un partido de fútbol o la situación de algún club, los romances que llevaban con las cajeras, o, el más repetitivo, las ganas que tenían de estar en la casa con la familia, tomando una cerveza y mirando la televisión.

Pero con otros, sólo conversábamos de trabajo. Me contaban de sus sueldos (los de electrodomésticos, por ejemplo, cobraban bastante más por vender los productos de su sector, por lo que su humor variaba según la productividad del día), de las vacaciones que les correspondían y las condiciones laborales que tenían (dentro de todo, no eran malas). También hablaban de los jefes, si eran buenos o malos, si eran eficientes en el trabajo o no. Estos dos grupos (los que sólo pensaban en el trabajo y los que no) tienen una idiosincrasia diferente que deriva en una consecuencia importante a la hora de su predisposición para cumplir su jornada laboral: los que hablaban del trabajo, en realidad, odiaban el trabajo. Los otros, quizás también, pero siempre tenían el mundo exterior para escapar.

Con el tiempo entendí que una de las cosas fundamentales para que toleremos las situaciones de la vida que no nos gustan (sean irreversibles o no) es que sintamos verdadera pasión, amor o ganas de hacer algo. Si esa posibilidad se da en el mismo trabajo, es lo ideal. Si no es así, entonces lo mejor es ser como mis amigos del supermercado, que deseaban terminar su turno para ver un partido de fútbol, juntarse con sus amigos a tomar una cerveza o ir a jugar con sus hijos. Para los otros, el trabajo era lo peor que les podía pasar porque simplemente era lo único que tenían, como la cajera del sector de electrodomésticos. La posibilidad de romper las barreras de trabajar, dormir y comer, era demasiado difícil para su mundo y entonces la vida era un poco más triste y aburrida.

Siempre supe que mi lugar no era el del supermercado y cuando dejé de trabajar y comenté a los empleados de los diferentes supermercados que me iba, todos me respondían lo mismo: “Está muy bien. ¿Te vas a hacer lo tuyo, no? Qué suerte que tenés”.