La magia del cine que se acaba (adiós a mi videoclub)

Apurado. Impaciente.Corría por la calle con ganas de llegar lo antes posible. A las cinco cuadras de trote intenso, decidí descansar. Caminé un poco y volví a correr, más despacio. Mi videoclub había cerrado. Newfilm era mi lugar de búsquedas incansables, de descubrimientos gloriosos, de estrenos acertados, de fracasos rotundos. Fernando Massa, un amigo, me había mandado un mensaje de texto con la triste noticia. Impulsivamente llamé al local.

– Habla Lucas Bertellotti. Me enteré de que van a cerrar. ¿Qué pasó?

– Y….es larga la historia. Problemas con los dueños, parte del negocio no funciona. Un poco de cada cosa.

– Uh…qué lástima….bueno, voy para allá. ¿Hay algo bueno para comprar?

– Sí, hace dos semanas que estamos vendiendo y se llevaron mucho, pero como está todo mezclado se pueden encontrar muy buenas pelis.

Pensaba en varias cosas mientras chocaba con la gente en las veredas, intentaba esquivar los deshechos de los perros y aceleraba el paso en las esquinas de las calles para que no me llevara puesto un auto. ¿Por qué habrá cerrado? ¿Quedará algo bueno para comprar? ¿Y ahora, dónde voy a alquilar? ¿Qué pasa con el cine? Si ya no hay lugares de calidad para alquilar y cada vez cierran más salas, ¿dónde ver las películas?

“Alguna vez creímos que éramos autores, pero no teníamos idea de lo que era. El film ha terminado. Con los teléfonos celulares y lo demás, hoy todos pueden ser autores”, dijo este año Jean Luc Godard, uno de los directores clave de la Nouvelle vague. Francis Ford Coppola, por otro lado, planteó otra tesis: “El cine está en pañales, es casi un bebé y el 3D es apenas una parte de los cambios que se vienen. El cine ahora es digital, lo que quiere decir que el director puede modificar la propuesta según el público”. Dos miradas, dos estilos, dos posiciones.

Había ido a ver Super 8 con mi papá. Nos fuimos a comer afuera y hablamos un poco de la película, de la que me había quedado levemente disconforme. Él no se acordaba de la última vez que había ido al cine. Cuando era adolescente solía ir a las famosas maratones donde se pasaban tres o más películas en un día al precio de una entrada. Suele recordar la proyección de Una noche en Casablanca, de los hermanos Marx, como uno de los filmes más divertidos que vio. Planteé un argumento que me sirvió de consuelo, más inclinado al pensamiento de Godard que al de Coppola:

– Viejo, lo bueno del cine es que es atemporal. No dependo de los estrenos para disfrutar, puedo acudir a cualquier director de los buenos cuando quiera. ¿Sabés cuál fue la mejor experiencia que tuve en una sala este año? Metrópolis, de Fritz Lang, en el Malba, con música en vivo. ¡Una película de 1927!”.

Esperé unos segundos en la puerta antes de entrar al videoclub. Miré todo desde afuera. A la izquierda, justo en la entrada, un joven de unos 22 años, que parecía un estudiante de cine, filmaba con una pequeña cámara. El local tiene dos ambientes de unos 15 metros x 8, hay poca luz y  estantes en las paredes con VHS viejísimos, llenos de polvo y con tapas descoloridas. Los DVDs, que solían estar agrupados en las bateas por directores y países, estaban desordenados. Quedaban menos de la mitad de los siete u ocho mil del catalogo. Unas cuatro personas recorrían el lugar y buscaban títulos que iban de los 15 a los 35 pesos y que en su mayoría eran estrenos comerciales que no tenían que ver demasiado con el estilo del lugar.

Saludé al chico que atendía, de unos 24 años. Nunca supe su nombre pero siempre nos llevamos bien. Solíamos quedarnos discutiendo sobre películas y series. Hablar con él y Oscar, el otro empleado, era aprender todos los días un poco más. Conmigo no habían fallado nunca. Me insistieron varias veces en que mirara Six Feet Under. “Si no hay estrenos buenos vamos por lo viejo, eh”, solía decirles cuando no sabía qué llevarme. “Es lo mejor que podés hacer”, respondían. Así me acercaron a Bertolucci, Jarmusch, Peckinpah y Hitchcock. Me recomendaron estrenos que desconocía pero que terminaron siendo verdaderas joyas, como La escafandra y la mariposa, Stella, y El encanto del erizo, entre otros.

Compré Un rostro en la multitud, de Elia Kazan, La felicidad no se compra, de Frank Capra, y varias otras, pero me quedé con sabor amargo. El empleado me comentó que las mejores películas se vendieron a los pocos días. Que aparecieron socios que no alquilaban hacía mucho tiempo. Que muchos, al enterarse de que cerraban, nunca devolvieron los alquileres. Que apareció gente nueva, compradores compulsivos que competían por quién se llevaba la pila de DVDs más grande. Una señora ingresó al videoclub y le preguntó al empleado si había algo bueno para llevar. “Hay buenas cosas, sí. Ése es un buen drama, mire”, le respondió, mientras señalaba a unos dos metros. “Ah, no. Algo triste no quiero”, dijo. “No, señora. Un drama puede ser tanto triste como alegre, tiene que ver con el género, con la historia que se cuenta”, replicó. Al final, no compró nada.

Llegó Joaquín, otro amigo que se había enterado antes que nosotros del cierre. “Acá alquilé mis primeras películas. Fueron mis inicios”, dijo, mientras bateaba para ver si encontraba algo bueno. Salimos los tres juntos. Me despedí del chico que atendía, que me contó que estaba por terminar la carrera de edición y sonido y que ya estaba en la búsqueda de un nuevo trabajo.

Mientras escribo veo una propaganda en televisión. Anuncia los accesibles precios de la carne en el Mercado Central. También de la fruta y la verdura. Carne para todos. Subsidios al transporte. Fútbol para todos. Piratería. Cuevana. Comodidad. Ignorancia. Videoclubes que ya no existen. Cines que desaparecieron.  La magia de otras épocas parece desvanecerse. ¿O será que, en realidad, ya se perdió?

El autor del video es Fernando Massa, de Anecdotario colectivo, a quien agradezco su gran aporte.