Cine que no te entiendo

No fui un espectador desprevenido. Sabía que El hombre que podía recordar sus vidas pasadas, del director tailandés Apichatpong Weerasethakul, no era un film del montón. Las críticas eran superlativas. El film, además, ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes. “Es cuestión de gustos, de formaciones, de sensibilidades: para quienes están acostumbrados a una progresión dramática más clásica es probable que los desconcierte”, advertía Diego Battle, en La Nación. Me consideraba alguien formado, sensible y abierto. Puede funcionar, pensé. “Salir de la prisión de la narrativa y la pereza de la lógica para adentrarse en un territorio donde lo desconocido se sienta a la mesa”, decía Diego Lerer, de Clarín. Ideal para mí, alguien que disfruta de una pieza de Miles Davis, por ejemplo, sorprendente y lejos de seguir un hilo narrativo.

Intenté pensar y escribir de qué se trata la historia, pero no pude. Me animo a copiar la sinopsis que circula en varios medios: Boonmee aguarda la muerte en la jungla de Tailandia cuando es sorprendido por dos visitantes impensables: el fantasma de su esposa muerta y una inquietante criatura. Mientras medita sobre los motivos de su enfermedad, Boonmee atravesará la jungla con su familia hasta llegar a una cueva en la cima de una colina, el lugar de nacimiento de su primera vida.

Mis principales recuerdos sobre el film son: 1) una vaca, primero atada a un árbol y que luego logra zafar de la cuerda y recorre un campo (con una fotografía extraña, donde por momentos se deja de ver a la vaca entre las sombras del anochecer). 2) un hombre enfermo, Boonmee, que se realiza diálisis en varias ocasiones y parece estar a punto de morir. 3) Dos fantasmas, uno, la ex mujer de Boonmee, que falleció hace 19 años, con aspecto de persona, y otro, el hijo de Boonmee, que desapareció hace un tiempo, muy similar a Chewaka, el famoso personaje de Star Wars. 4) Una princesa que parece tener sexo en un estanque con un pez enorme. 5) Chewaka se saca unas fotos con un grupo de soldados adolescentes.

En el blog de cine, Micropsia, el autor de la crítica explica: “Hay, dentro del universo de Uncle Boonmee,  una dimensión política (el tío sufre por los asesinatos que debió cometer durante la guerra contra los comunistas), otra social (la relación entre tailandeses y sus vecinos de Laos) y, fundamentalmente, una familiar, con la muerte, la resurrección, los arrepentimientos del pasado y la eternidad del amor como temas disimuladamente desarrollados a lo largo del filme”.

Me resulta difícil encontrar en el film este tipo de desglose. “Maté a muchos soldados”, es la única referencia que Boonmee realiza con respecto a su sufrimiento. Su cuñada le responde que fue por el bien de la patria. Con respecto a la relación entre tailandeses y sus vecinos de Laos, se puede ver a un grupo de personas que parece trabajar en el campo en un ambiente agradable. Y en lo que tiene que ver con la dimensión familiar, parece aún más difícil encontrar elementos. La cuñada de Boonmee, por ejemplo, pasa más tiempo mirando la televisión que hablando con las personas.

Más allá del film en sí, que me pareció malo (disfruté de algunas secuencias que muestran la selva, acompañada por extraños sonidos de grillos o algo por el estilo que suben y bajan de intensidad, y de algunos diálogos interesantes: “El cielo está sobrevalorado. Los espíritus gustan de estar cerca de las personas, de la vida”, le dicen a Boonmee, sobre el final. Es atractivo también conocer un poco sobre el budismo, cultura completamente distinta a lo occidental), la intención del post es otra, que tiene que ver con las diferentes formas de hacer y ver cine.

¿Estoy o no capacitado para captar o disfrutar este tipo de film? ¿Es una falla del director que tenga que estar capacitado para disfrutarlo? ¿Al director le importa que haya personas que puedan llegar a aburrirse y no entender su película? ¿Algún crítico argentino se animaría a defenestrar un film que ganó en Cannes, en un jurado dirigido por Tim Burton? ¿Cuánta información previa necesitamos para ver una película? ¿Cómo puedo pensar o ver algo tan distinto a los especialistas de cine? ¿Por qué las tres funciones de El hombre que podía recordaba en el Bafici estuvieron agotadas una semana antes y el lunes, en el Arteplex de Belgrano, la sala estaba medio vacía? ¿Por qué nueve personas que miraban el film se retiraron antes de que terminara la proyección?

Son preguntas que no puedo responder. Me hubiera encantado disfrutar de El hombre que podía, pero no pude. A la vez, entiendo que puede llegar a ser una experiencia magnífica para muchas personas. Vuelvo a leer las críticas y me queda una sensación de remordimiento, casi de culpa. ¿Estaré equivocado?