Deportistas discapacitados: la realidad de vivir en dos mundos

Son las 12 del mediodía y Jorge Díaz se acerca con su silla de ruedas a la calle Giriborne, esquina Avenida Forest, en el barrio de Chacarita. Es un lugar tranquilo, varios árboles lo ayudan a protegerse del sol y cada vez que el semáforo se pone en rojo no deben acumularse más de 10 autos. No se escuchan bocinas ni hay congestiones de tránsito. Había ido a visitar a un amigo que vive en el Tigre, y un retraso en el tren de la línea Mitre, que lo dejaría en Barrancas de Belgrano para luego tomarse un colectivo, lo demoraron, por lo que su jornada laboral comenzaría una hora más tarde de lo normal.
Es diciembre, falta una semana para Navidad, y la temperatura en la ciudad de Buenos Aires debe superar con facilidad los 30 grados. Hace calor. Pese a eso, nunca deja de sonreír. Como si fuera el anfitrión de cada una de las personas que con su auto pasa por “su” esquina, les pide, mientras lidia con el asfalto deteriorado, una moneda con amabilidad. Saluda a la gente que pasa caminando. “¿Cómo anda, Doña?”, le pregunta a una señora, que lo mira e inclina la cabeza con una leve sonrisa. Parece querido por los vecinos. Intenta conquistar a los automovilistas con su tonada del interior, les desea un buen día y les agradece, aunque ni siquiera le ofrezcan una mirada. Juntará entre 30 y 60 pesos, en una jornada de unas nueve horas.
Su cara tiene rasgos marcados, con nariz ancha, ojos grandes y rulos desprolijos. Lleva una musculosa azul que muestra sus brazos anchos y robustos, y unas bermudas de color claro que exponen sus piernas escuálidas, consumidas por la falta de movilidad que desde hace 37 años lo aquejan. En la cintura lleva una riñonera donde guarda las monedas que le dan y su celular, del que cada tanto recibe alguna llamada que atiende con cierto malhumor, dispuesto a cortar la conversación lo antes posible, excusándose porque está trabajando.
Su cuerpo está dividido en dos partes, reflejo de la dualidad con la que convive. El abdomen es fuerte y los pectorales logran marcarse a través de la ropa; muestra una forma y entereza digna de alguien que pasa muchas horas entrenando en un gimnasio. En cambio, sus cuádriceps apenas son perceptibles a la vista. Sus piernas están colgando, sin estabilidad, y sus pies, vestidos con un par de zapatillas gastadas, y apoyados en el soporte de la silla de ruedas, están volcados hacia adentro, mirándose entre sí. Como si hubiera pasado su vida postrado en una cama.
Con la misma habilidad que esquiva los pozos en la calle, se mueve por el parquet de la cancha de básquet que el club Cilsa, de Buenos Aires, utiliza para jugar sus partidos como local, en el Centro Nacional de Rehabilitación, en la calle Ramsay, en Belgrano. Su equipo sale a la cancha y hace el calentamiento previo. Unos cinco jóvenes, que suelen concurrir a los entrenamientos del equipo durante la semana, tienen un bombo y banderas verdes, el color que usa Cilsa. Alientan y, como si fueran barrabravas, les gritan a los jugadores: “¡Esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar!”. No parece nervioso. Realiza algunas bromas con sus compañeros.
Empieza el partido y Jorge es la voz de mando. Juega de alero, es aguerrido, no da ninguna pelota por perdida y, con su experiencia, maneja los hilos del partido. Con sólo una mirada, toma distancia al aro. Le basta con eso. Prueba un tiro, emboca. Recibe los aplausos del público, unas 100 personas, entre familiares, “hinchas” y curiosos. Practica una cortina y habilita con un pase de faja a uno de sus compañeros. Choca su silla ante la de un rival que cae al piso. Ganó varios campeonatos de la Liga Nacional de básquet adaptado, en diferentes equipos de Tucumán y Santiago del Estero, y hasta formó parte de la Selección argentina.
Para algunos deportistas discapacitados existen dos mundos. El del deporte los ayudó a conseguir la gloria deportiva, a sentirse incluidos, a fortalecer su moral y ser reconocidos. El del exterior, donde ya no son vistos como iguales o hasta son ignorados, con una infraestructura pobre y un nivel de inclusión bajo, los lleva inevitablemente a ser parte de una dicotomía visible y dolorosa. Son deportistas discapacitados y todos los días viven la realidad de vivir en dos mundos.
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(*) En la foto, uno de los protagonistas de la historia, Dante Tosi, con su kayak.
Follow @lucasberteEl preso que jugaba al ajedrez y no dejaba de soñar

“Yo perdí principalmente dos grandes cosas acá: mi familia y mi trabajo, que era lo que más amaba, lo mejor de toda la vida. Una desgracia… no quiero hablar de la causa porque no viene al caso”.
Edgardo baja los ojos y, mientras pronuncia esas palabras, piensa en la situación más complicada de su vida, la que lo llevó a ir a la cárcel y que nunca me contará. Tiene 60 años y pertenece a la Unidad 42 de Florencio Varela. Está en la 18, en Gorina, La Plata, para disputar un torneo de ajedrez intercarcelario.
Me llamó la atención rápidamente, era distinto a los demás. Bastó un minuto de conversación para percibir que, quizás, este hombre no pertenecía a ese mundo. Usaba anteojos. Cuando jugaba, se tomaba su tiempo para mover. Levantaba una pieza y la hacía volar a otra posición a una velocidad lenta. Apoyaba en el casillero a la reina o al alfíl pero no los abandonaba. Mantenía los dedos sobre las figuras y, antes de soltarlas, volvía a mirar la situación en el tablero.
Dicen que entrar a una cárcel da miedo, pero ese día sólo me hizo falta ver el edificio desde una cuadra para entender que el lugar al que me acercaba no era el mismo que muchas veces se pinta en películas o programas de televisión. Todo estaba cuidado y limpio. Ningún guardia me revisó antes de entrar. Sólo tuve que atravesar un par de rejas con candados para llegar al centro de la unidad. O quizás era que estos presos eran especiales, no pertenecían al común general del mundo carcelario. Eran presos que jugaban al ajedrez, que necesitaban concentrarse, que les gustaba el silencio.
Edgardo no parece formar parte del grupo. Habla con otros, pero rápidamente se mueve y merodea el lugar sin pertenecer del todo a nada ni nadie. “El ajedrez es algo… una cosa es lo que se expresa y se comunica y otra lo que se siente adentro. Es un juego individualista, no admite otra cosa que ganar”, dice Edgardo, que terminó tercero en el torneo y siente bronca, que no se esfuerza en esconder, por no haber finalizado en el primer lugar. “Juego desde que me enseñó mi papá. Yo soy el menor de cuatro hermanos. Mi papá hacía campeonatos con ellos cuando sólo éramos niños. Yo era tan chiquito que jugaba a los soldados con los peones, después aprendí”, dijo.
Tiene el pelo lleno de canas, es alto y flaco. Estudia abogacía y tiene el firme objetivo de recibirse. Fue gerente de una empresa de servicios y director de dos sociedades anónimas. Se acostumbró a ser jefe de ingenieros y arquitectos. En la cárcel quiso saldar su cuenta pendiente de tener un título profesional.
“Un detenido tiene una rutina y tiene que administrar bien su tiempo. Es muy duro. Aquella persona que no viene del mundo del delito, como yo, evidentemente necesita un poder para abstraerse”, dice. Tiene un buen régimen producto de una buena conducta y trabaja extra muro, como él aclara, fuera del penal, pero siendo procesado.
¿Cuál es la obsesión de este hombre por conseguir un título? “Ahora, en esta desgracia que me tocó en mi vida, quiero aprovechar y hacer lo que nunca pude”, dice. Habla con una mezcla de dolor y orgullo. El dolor forma parte de un hecho del pasado oscuro que lo obliga a permanecer dentro de cuatro paredes. Es el dolor por tener que reconstruir y luchar su existencia a una edad en la que es mucho más fácil y placentero ser a partir de lo que ya se hizo. Simplemente debería ser la hora de vivir sabiendo que la mayoría de las cosas, bien o mal, ya están hechas. Dejarse llevar por el impulso. El orgullo, su otra parte, nace en sí mismo porque cerró los ojos, suspiró y agarró los remos otra vez. Cuando habla de su trabajo, de sus materias o del título que va a conseguir, levanta la voz e infla el pecho. Sigue remando, aunque en su bote hubo momentos en los que entró mucha agua y estuvo a punto de hundirse. Y cree, desde la sinceridad de un hombre que está en la cárcel y, aunque no quiere decir la razón por la que está apresado, no tiene demasiado para ocultar, y un alma soñadora, que todavía está en el medio de la carrera.
Acá, la nota publicada del torneo de ajedrez (la foto es de Santiago Hafford y Edgardo es el hombre de la izquierda).
Esta es la carta que me escribió Edgardo después de leer la nota (aunque es algo privado y único, me permití publicarla con la intención de que sirva aún más para pintar al personaje):
Estimado Lucas:
Agradezco profundamente que se haya acordado y cumplido en avisarme.
Ese acto simple, también es una manera de llevar a la práctica la solidarización con los privados de la libertad, el respeto por el semejante no importa su”capitis diminutio” ocasional en que se halle, viéndose pues, marginado en la esfera social.
Lo felicito por la nota, y lo estimulo para que continúe en esa línea humanizada de periodismo.
Un gran abrazo, Edgardo Alejandro Petrocchi.
La tragedia que no quiso contar
El caso de Edgardo Petrocchi fue famoso, fue tapa de diarios y salió en televisión y radios un par de semanas. El domingo 9 de octubre de 2005 volvía a su casa tras reunirse con su hermano Ernesto. Trabajaba como gerente comercial de la empresa de seguridad Watchman. Tenía un arma por seguridad personal, una BERSA 380. Solía trabajar alrededor de varias villas y el año anterior había tenido un caso de inseguridad. A punto de llegar al peaje de Pilar, en el kilómetro 35, tuvo un problema con otro auto, un Renault Clio.
Se tiró a la izquierda para pasar por el carril de mayor velocidad, pero no lo dejaron. El conductor del Clio se puso a la misma altura y lo insultaron. Edgardo, que hasta ese momento nunca había tenido ningún episodio de violencia en su vida, subió las ventanillas y no respondió. Cuando llegó al peaje y esperaba para pasar la barrera, comenzaron a patearle el auto. Dos jóvenes, que estaban en el Clio, rodearon su auto gritando y pegando patadas contra el vehículo de Edgardo. Él no aguantó. Estalló de ira. No pudo controlarse. Se bajó, sacó su arma y le pegó un tiro a Pablo Piccioli, uno de los dos muchachos que lo amedrentaba. Murió al instante.
Quiso escaparse del lugar, desaparecer. Fue a su casa y habló con sus hijos. Lloró. Les prometió que se iba a presentar a la justicia. Pensó en suicidarse. Salió a caminar desde su casa, Lomas de Zamora. Recorrió todo Buenos Aires. Deambuló como un fantasma, sin pertenecer a nadie, poseído por un acto que todavía no comprendía del todo. Durmió en Constitución, en Palermo, caminó la calle. Al final, se entregó.
Follow @lucasberteEl recital de John y Yoko desde un bar de Constitución

Rubén está sentado en una barra de un bar de una estación de servicio del barrio de Constitución (es el tipo de lugar en el que las empleadas trabajan vestidas con seductoras calzas y los clientes las miran mientras esperan que les carguen gas. Ellas les dedican una sonrisa y ellos, pese a sus chistes groseros, son respetuosos). Toma café y tiene en su plato un par de medialunas de grasa. Está acompañado por dos tipos que visten de la misma manera: un pantalón oscuro, una camisa de manga larga arremangada y zapatos de cuero negros. Tienen entre 50 y 55 años. Son taxistas.
Hablan de su trabajo: que en enero se hacen menos viajes de lo normal, que el primo de uno de ellos quiere conseguir el permiso para manejar un taxi y que otro tiene que comprar una batería nueva. Pero, cuando una de las chicas que atiende el lugar pone en la televisión un canal de música, todos callan. Transmiten el recital que John Lennon dio en 1972, llamado One to one, en el Madison Square Garden. Mientras Lennon toca Imagine con su piano, nadie dice nada. Sólo hay dos personas más además de los tres taxistas y las dos chicas que trabajan en el bar. Un hombre de unos 35 años mira de reojo mientras toma un licuado de bananas. Un joven de unos 23 que está sentado apuntando hacia la calle deja de leer la sección espectáculos del diario de Clarín, se da vuelta y le presta atención a la canción. Todos están en silencio, salvo una de las meseras, que canta mientras lava algunos vasos: “Imayin ol de pepol…uu uu uu”, parece ser la única parte que conoce. Ni bien termina esa secuencia del tema, se dedica a tararear y ver de reojo las imágenes.
Se genera una especie de hipnotismo inusual. En ese lugar nadie está acostumbrado a escuchar canciones en inglés. Tampoco a que todos miren la televisión al mismo tiempo, salvo que pasen un partido de fútbol. Suelen poner canales musicales en los que pasan siempre las mismas canciones de reggaeton o cantantes como Chayanne, David Bisbal o Luis Miguel, que nadie escucha salvo las meseras. Los clientes, casi todos taxistas, hablan entre ellos a los gritos. También hay empleados de la zona, que se preocupan por comer el sándwich de jamón y queso y tomar la coca cola lo más lento posible para estirar el período de descanso todo lo posible.
La chica que lava los vasos y cantaba Imagine nota el silencio: “Epa… ¿qué pasa que están todos callados? ¿Vieron? Pongo buena música y la escuchan todos, eh”. Nadie le responde. Ella ríe mientras sigue con los vasos y algunos platos.
Lennon parece enfocado. Toca el piano y canta mientras tiene los ojos cerrados. Lleva puesto unos anteojos redondos con vidrios de color azul. A su izquierda está Yoko Ono, que también toca el piano. Ella lo hace como si fuera un arpa. Arrastra los dedos para arriba y para abajo, a la izquierda y la derecha. Tiene un vestido blanco sin mangas, con un cinturón negro bastante más arriba de la cintura, unas gafas negras y el pelo desarreglado. Lennon no le presta atención, sólo parecen existir él y su piano. Sólo la mira cuando termina de cantar. Se inclina hacia su lado y le dice algo. Yoko se acerca y le da un beso en la boca. Luego se paran y se ponen el tipo de cascos que se utilizan en las obras de construcción.
“Ésa es. Por culpa de ella se separaron Los Beatles. Esa china”, dice Rubén mientras mira señala el televisor. Toma un poco de café y, con la taza en la mano, agrega: “Por esa china se separaron Los Beatles, no sé en que año. No me acuerdo”. Todavía mantiene el brazo levantado. Apunta a Yoko como si delatara a un criminal.
Lennon comienza a cantar una versión del tema de Elvis, Hound dog. Yoko le agrega a la canción algunos ruidos de animales. Por momentos parece el sonido de una vaca, otras de un perro. “¿Pero qué hace la china, un pato?”, dice uno de los taxistas. La concentración que había en el bar ya no existe. Ahora todos miran a Yoko y ríen. “¡Qué épocas aquellas! Mirá lo que era. Estaban todos fumancheados”, dice el tercero de los hombres, mientras en la televisión se ve a parte del público del recital, que mantienen una estética parecida a los artistas que están en el escenario, desalineados y con pelos largos y desprolijos.
“¿Tuvo un hijo con él, no?”, pregunta uno. “Sí”, responden los otros dos. “¿Quién lo había matado a él? ¿La CIA, un periodista o algo así?”, pregunta de nuevo. “No, un fanático lo mató. Estaba loco. Un fanático que estaba loco le metió un par de tiros. Lo metieron en cana”, responde Rubén.
La música tiene ritmo y la chica que lava los platos sale de la cocina para limpiar algunas mesas. Uno de los compañeros de Rubén la mira y le dice: “¿Y? ¿Por qué no bailas?”. “!No! Sólo sé bailar salsa”, responde. “Ah, ¿y no sabés bailar rock and roll? Entonces no sabés bailar…”, devuelve.
El recital sigue con el tema Could Turkey, otra canción en la que Lennon y Yoko hacen cada tanto ruidos y movimientos extraños. Ya casi nadie presta atención al sonido pero sí a las imágenes, que cada vez parecen más lejanas a la realidad de ese bar, de ese momento. “Qué bárbaro eh…yo le compraba los long play de Los Beatles a la Bruja. Unos años después los tiró a la mierda, pero qué grandes que eran Los Beatles…”, dice Rubén, mientras mira el piso y arrastra el pie derecho hacia adelante y atrás.
El chico que leía Clarín vuelve a acomodar el diario y le da la espalda a la televisión. Los taxitas hablan ahora del aumento del subte y las dos empleadas, una en la barra donde se exhibe la comida, y otra en la caja, discuten sobre si hay o no stock de sándwiches de migas.
Unos minutos después, suena Give peace a chance. Lennon parece volver a la compenetración que había tenido con Imagine. Y, por segunda vez, el bar se enmudece. “Mirá, mirá”, dice Rubén. El chico deja de leer el diario para ver a Lennon. El hombre del licuado de bananas mueve los pies para arriba y abajo. Y la chica que lava los platos vuelve a cantar: “ol gui ar seeeein is git pis a chans, ol gui ar seeeein is git pis a chans”. Tras el estribillo, deja de cantar para tararear. Serio, Rubén parece molesto. “Qué cagada, che. Siempre se mueren los mejores”.
¿Sabés lo que pasa, flaco? Yo era colectivero. ¡Qué trabajo! Ese sí era un trabajo. Arriba del colectivo me sentía bien. Hasta que unos bolivianos hijos de puta me cagaron. ¿Sabés lo que hicieron? Subieron al colectivo y me dijeron que no tenían dinero. Era tarde, flaco. En esa época no había máquinas como las de ahora. Yo me encargaba de darle los boletos a la gente. Y a ellos los dejé pasar. Era de madrugada. Nunca pasa, flaco. Nunca. Pero ese día subió el inspector. Y esos hijos de puta le dijeron que yo los había hecho viajar gratis. Y me rajaron, flaco. ¿Me entendiste? Me rajaron.
Y acá estoy. Tengo 62 años y estoy arriba de este taxi de mierda. Ocho, nueve, diez horas por día. Es una mierda este trabajo. Me gusta la calle, sí. Soy un experto al volante, también. Pocos deben manejar tan bien como yo. Pero el colectivo…!Ése era un trabajo! ¿Sabés cuánto ganan los colectiveros? Ocho o nueve lucas por mes. ¡Qué bárbaro!
Me gusta la música country. Johnny Cash, Hank Williams, Merle Haggard, Dolly Parton. Todos me gustan. Y no sé ni una palabra de inglés, flaco. Pero cuando las canto, es como si las conociera. Un pasajero me dijo una vez que en otra vida debo haber hablado en inglés. Estoy seguro que es así, porque las canto como si fuera el mismo cantante, ¿me entendiste? Y este gorro que llevo puesto desde hace muchos años, también. Es como el que usaban en esa época, ¿me entendiste? Bien bonito, a lo cowboy.
Cuando llego a casa, a la mañana, me esperan los perros. Vivo solo. Vos no sabés lo que es mi perro líder, Hueso. Podría ir a una competencia de perros que la gana tranquilamente. Tiene una pose, cómo camina ese guacho es impresionante, una elegancia tiene… los otros cinco guachos lo siguen a él, es el líder, ¿me entendiste? Cuando llego a casa, yo vivo en Lomas de Zamora, escuchan el ruido de las llaves y salen al portón. Ni bien entro se me tiran encima los guachos esos, para saludarme. Vos no tenés idea cómo los cuido, flaco. Les cocino. Todas las semanas gasto 150 pesos en la carnicería para su comida. Y bueno, ni miro en el tema de la plata. Cuando voy al super ni me fijo en las marcas tampoco. Compro lo que quiero. Y bue, los perros son mi compañía, flaco. Vivo solo.
A mí me cagan todos, flaco. Esa conchuda. Por Dios… qué tremenda hija de puta. Si la veo por la calle la piso, que no te queden dudas, flaco. ¿Sabés cómo la conocí? Era verano, hacían como 45 grados. Estaba con el taxi y en la Avenida Alem la vi con su hijo. Ella es cartonera. El pibito tendría unos ocho años. Frené porque lo vi muy mal, como deshidratado. Les di agua helada que tenía en el auto. Ojo, no te imagines que la piba es un desastre, eh. Tiene modales, es coqueta, una piba linda. Resulta que el pibe estaba para ir al hospital. Se caía, no se podía mantener parado. Y lo llevé. Los subí al taxi y fuimos al Hospital de Niños. Resulta que el pibe estaba enfermo, qué se yo qué tenía. Bue, desde ahí empezamos a salir. Una piba bonita, eh. A los seis meses, más o menos, me di cuenta que me estaba afanando cosas de mi casa. Yo soy mecánico y ella se choreaba herramientas y otras boludeces que no valen nada. La mandé a la mierda. ¡Qué hija de puta! Y ahora me llama. Me persigue por el barrio. No sé qué quiere. Yo no quiero saber nada con esa puta. ¿Qué querés, flaco? A mí me pasan todas.
A mí en la vida me fue muy mal, pero no me puedo quejar con el tema de las mujeres. Me enseñó el mejor. El Lobo le decían. Un maestro. Yo tenia 15 años y me puse a laburar en un restaurante para no ir a la colimba. El Lobo era un cliente del lugar. Tendría unos 40 años. Los 365 días del año venía a comer con una mina diferente. Pedazos de putas eran. Todas hermosas. Él me dio los datos para ser ganador. Una vez, mientras limpiaba los baños, me miró y me dijo: “Vos naciste para ganador”. Y ahí me dio todos los datos. Yo no soy lindo, feo no soy, pero me dio todos los datos. ¿Sabés cuántas minas me gané? Y arriba del colectivo más. Se volvían locas. No sé, el colectivo tiene algo especial. Es el club de la calle. Ya tengo mucha experiencia y me sigue yendo bien.
Ahora estoy con otra flaquita. ¡Qué hija de puta! Me la gané en la calle a la piba. La vi con una bicicleta y le dije: “¿te puedo hacer una pregunta? ¿Quién fue el inconsciente que te dejó a esta hora solita?”. “Nadie”, me respondió. Y ahí le tiré la cáscara de banana, viste: “No te creo. Una belleza como vos no puede estar nunca sola. Un tipo como yo sí, pero vos no”. “¿Vos estás solo? ¿Con ese gorro? ¿Con la onda que tenés?”, me dijo. Y, para ganármela, le dije: “¿Te puedo hacer otra pregunta? ¿Querés ser mi novia?” Y se acercó al taxi y se río. “Me encantó lo que me dijiste”. Me dio su dirección y más tarde fui a su departamento. No sabés cómo me la garché, flaco. Tiene 31 años. Pero me dejó. Ya no me responde los llamados y cada tanto paso por su casa pero nunca está. Esa hija de puta…
La vida es así, flaco. Algunos nacen con estrellas y otros estrellados. A mí la vida me cagó, ¿me entendiste? Eso sí, flaco. Ganar minas como yo y manejar, no hay muchos. Eso es seguro, je. Gracias por escucharme, la próxima te cuento más historias, flaco.
El relato, contado en primera persona, es la historia de un taxista que trabaja por el barrio de Constitución.
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Peter Jackson atraviesa las ramas, corre los pastos, cruza arroyos y saca fotos a diferentes terrenos y paisajes desde un helicóptero. Consulta. Pregunta. Imagina. Escala. Busca el mejor lugar para filmar alguna secuencia que ya tiene en su cabeza. No hay dudas de que si todos hicieran el trabajo con la misma pasión que este director neozelandés el mundo sería mejor.
Las escenas forman parte del proceso de filmación de El hobbit, precuela de El Señor de los Anillos, escrita por J. R.R. Tolkien. Tardó varios meses en decidirse. Hasta rechazó el proyecto, que por un momento estuvo en manos de otro director, Guillermo Del Toro. Quizás tuvo miedo de perder algo de prestigio. Su misión estaba cumplida. Fue el encargado de darle vida audiovisual a la Tierra Media como nadie lo hubiera hecho en El señor. Al final, tras enormes idas y vueltas, decidió volver a cargarse la mochila, como un pequeño hobbit que emprende un largo y peligroso camino. Una aventura.
El calendario hobbit
El 21 de marzo del 2011 fue el primer día de filmación, tras una larga preproducción. Como pasó en El señor, parece haber empatía entre la gente de Nueva Zelanda, lugar elegido para hacer el film, y el equipo, que incluye a unas 500 personas. La tribu maorí Powhiri les dedicó una canción de bienvenida y, como suelen hacer, chocaron sus cabezas con los actores para desearles buena suerte.
Jackson decidió dividir la filmación en tres partes. Habrá recordado el estrés, desgaste y cansancio que produjo hacer las tres historias de El señor (La Comunidad del Anillo, Las dos Torres y El Retorno del Rey) de un tirón. Esta vez, prefirió cortar el proceso para limar detalles (efectos especiales, 3D y guión, entre otras cosas) y darle descanso al equipo (de marzo a julio fue la primera parte, de septiembre a diciembre la segunda y se espera que en febrero comience la última). El 14 de diciembre del 2012 es la fecha de estreno para la primera parte del film, con el subtítulo Un viaje inesperado. Un año después saldrá Historias de una ida y vuelta, en la que se supone que será donde más modificaciones se realicen sobre el libro original de Tolkien , ya que se contarán los acontecimientos que tuvieron lugar entre El hobbit y El Señor.
Equipo que gana no se toca
Uno de los secretos del éxito de El señor fue el brillante equipo que rodeó a Jackson. Desde el día uno todos entendieron que estaban en ese lugar para generar algo grande, diferente al resto. Desde esa mística se formó el grupo. Y funcionó más que bien. El director descubrió la fórmula ganadora y decidió repetirla en El hobbit.
Los ilustradores John Howe y Alan Lee son el talento y los medios para darle forma al mundo creado por Tolkien (Rivendel, paisajes élficos, Hobbiton, etc). Richard Taylor es el líder de la compañía de efectos especiales, WETA, la misma que trabajó para King Kong, Avatar y Tintín, entre otras. Howard Shore es el hombre que embellece las imágenes con su música. Todos volvieron a estar en el proceso. Son los pilares para que el edificio no se derrumbe.
En cuanto a los actores, también se mantuvo el elenco de El Señor. Por supuesto, en esta historia, Bilbo está mucho más joven y por eso no será interpretado por Ian Holm (aunque tendrá alguna aparición) sino por Martin Freeman. En alguna de las dos partes estarán Legolas (Orlando Bloom), Frodo (Elijah Wood, que la primera vez que se puso la vestimenta de este personaje tenía 19 años y ahora 31), Galadriel (Cate Blanchett), Gandalf (Ian McKellen) y Gollum (Andy Serkis, quien en El hobbit también dirigirá algunas secuencias del film), entre otros. Como pasó con El señor, y como a él le gusta, Peter Jackson tendrá una sorpresiva y fugaz aparición en pantalla. Por su parte, los actores de los trece enanos que acompañarán a Bilbo en su viaje son mayormente desconocidos para el público (es llamativa la admiración que parecen sentir por Jackson. Asienten ante sus indicaciones, lo miran con atención).

Con respecto a las locaciones, Hobbiton, donde viven los agradables hobbits, se volvió a hacer en el mismo lugar, pero esta vez quedará ahí para siempre. Con el apoyo del gobierno de Nueva Zelanda, luego del film pasará a ser una zona turística, donde los fanáticos de la saga puedan visitar el sitio donde vivieron Sam, Merry y Pippin. Esta vez, el material con el que se construyó fue mucho más sólido, resistente y duradero. Rivendel también fue construido exactamente igual que como en El señor, aunque en este film se mostrarán partes nuevas.
¿Una revolución? El 3D, los 48 fotogramas y el formato 5K
“Creo que el 3D es algo genial. Lo hubiera hecho con la trilogía si hubiese tenido la tecnología. En ese momento sólo tenía una cámara que tomaba fotos en 3D. Quizás, en el futuro, puedan verse en alguna edición en Blu Ray”, dijo Jackson, quien, evidentemente, no deja de tener ideas para ganar dinero con ediciones renovadas.
Con el tiempo se podrá debatir sobre si este film cambia algo o no en la industria del cine. Lo cierto es que desde el punto de partida está planteada la idea de hacer algo distinto.
Para filmar en 3D se necesitan dos cámaras que funcionen como dos ojos. Como son muy grandes, se las pone dentro de un espejo para juntarlas. Una cámara graba a través del espejo y la otra rebota a través del espejo. De esta manera se obtienen dos imágenes superpuestas.
El 3D forma dos posiciones, explican en uno de los videos publicados por Jackson: el espacio positivo, que está dentro de la caja que se ve por detrás de la persona que está en la pantalla (un árbol atrás de un caballo, por ejemplo), y el espacio negativo, que son los objetos que parecen acercarse al espectador (una bala o un brazo). Como pocas veces, el 3D tendrá su funcionamiento desde el inicio. Los ilustradoras Lee y Howe hacen sus dibujos en rojo y azul y con anteojos para que el arte conceptual nazca desde una perspectiva 3D.
El ojo humano ve 60 fotogramas por segundo. En El hobbit se mostrarán las imágenes a 48 fotogramas por segundo, el doble de velocidad de lo que se acostumbra en cine. ¿Qué es un fotograma? Es cada una de las imágenes impresionadas químicamente en la tira de celuloide del cinematógrafo (es decir, la película). Cuando una secuencia de fotogramas es visualizada de acuerdo a una determinada frecuencia de imágenes por segundo se logra generar la sensación de movimiento en el espectador. De esta manera, la película tendrá un ritmo mucho mayor a lo que se acostumbra a ver.
Por último, se filmará en resolución 5K (también lo hará James Cameron en Avatar 2). Se trata de un formato de video 100% digital. El término tiene que ver con los pixeles que tendrán cada uno de los cuadros. La calidad de esta imagen supera a absolutamente todas las que se hayan visto. El tamaño de la imagen será de 5120 x 2700 pixeles, mientras que el de la televisión, por dar un ejemplo, es de 486 x 440.
De esta manera, con el 3D, los fotogramas y la resolución 5K se espera que el movimiento sea más fluido y que la imagen sea más real, casi como si fuera un documental.
No es una tarea sencilla. En el mundo hay un ejército de fanáticos lectores capaces de crucificarlo por un error. Pero, al parecer, Jackson saldrá con los tapones de punta. El resultado puede llegar a ser malo pero lo cierto es que con El hobbit arriesgará, innovará y creará el doble que con El Señor. Este gordito simpático no sabe de medias tintas.
Follow @lucasbertePoco brillo, nada inolvidable: los mejores estrenos del 2011
No fue fácil. Costó. Hubo que bucear y escarbar para llegar a una lista que termina siendo forzada. ¿Por qué? Porque no vi todo lo que me hubiera gustado, principalmente. Y porque no hubo prácticamente ningún film del 2011 que me haya vuelto loco. Muchos pasaron sin pena ni gloria. Otros me encantaron, pero ninguno me fascinó.
Como informa el sitio Ultracine, el público aumentó con respecto al 2010 (42, 5 millones de espectadores contra 38). Pero hay un dato que no pasa desapercibido: entre los 12 films que encabezaron el ranking anual sumaron 17, 5 millones de entradas, el 41 por ciento del total (datos de Otroscines). ¿Entonces? Da la sensación de que la gente va a ver películas y no cine. Uno o dos tanques de Hollywood al año y se acabó.
Por mi parte, queda el sabor amargo del cierre de New film, mi videoclub que, con el tiempo, cada vez extraño más. Y la duda de cómo avanzará la industria del cine en el futuro. No me gusta, pero debo decir que buena parte de los films que no conseguí en los mediocres videoclubes pude verlos con facilidad en varios sitios de Internet. “El cine ha terminado”, dijo el francés Jean Luc Godard. Quizás no terminó ni vaya a terminar, pero es evidente que ya no es el mismo de antes.
El árbol de la vida, Terrence Malick (Estados Unidos). Ante tanta tibieza, el film del estadounidense, ganador de la Palma de Oro de Cannes, se destaca sobre el resto. La película, controvertida y con reacciones de amores y odios por igual, tiene un post dedicado en el que describo todo lo que me gustó de la última joya de Malick. Las secuencias de la familia O´Brien, filmadas con maestría y descriptas en una historia llena de matices y sensible, quedarán como lo mejor del año.
La vida útil, Federico Veiroj (Uruguay). La gran sorpresa del año. Brillante film uruguayo que, justamente, muestra buena parte de lo que pasa en la industria cinematográfica, cuando el cine en el que trabaja el protagonista, Jorge, cierra. Las cosas ya no son como antes, la gente no va a ver películas. Filmada en blanco y negro, la historia cuenta el amor y la pasión de Jorge por las películas, pero también la destrucción personal que vive por haber perdido su trabajo, su gran amor, y el intento de reconstruir su vida.
Habemus Papa, Nani Moretti (Italia). Un cardenal consigue el mayor premio que puede pedir: es elegido Papa. Cuando está a punto de hablar con los fieles, que llenaron la plaza del Vaticano, le agarra pánico y no sale. Se asusta. Habla con un psicólogo dentro del Vaticano. No funciona. Sale a la calle (cuestión totalmente prohibida, ya que hasta que no se de a conocer al Papa nadie de los involucrados puede tener contacto con el exterior). Habla con una psicóloga. Confiesa que siempre quiso ser actor. Se cruza en el camino el dilema de ser lo que a uno le imponen o lo que realmente ama. El mundo cerrado y sumamente privado de la Iglesia contado con elegancia y precisión.
La prima cosa bella, Paolo Virzí (Italia). Como La Pivellina el año pasado, esta es la gran joya del cine italiano del 2011. Una relato que atraviesa los años y cuenta la historia de la familia Michelucci. Parece dejar la enseñanza de que cuando las raíces se forjan desviadas y rotas, es muy difícil que el árbol pueda crecer bien. Algo de eso le pasa a Bruno, un hombre infeliz que todavía no puede olvidar su infancia marcada por la violencia de su padre y los excesos de su madre, Anna (actuada por la hermosa Micaela Ramazzotti). Combina a la perfección la música y la diversión con el drama y la crudeza de las historias.
La vitalidad de los afectos, Felix Van Groeningen (Bélgica). Gunther Strobbe es un escritor fracasado, infeliz. Desde su escritorio y con una hoja en blanco decide repasar su infancia, en un pequeño pueblo de Bélgica. Abandonado por su madre, vivió en la casa de su abuela, con su padre y sus tres tíos. Sufre por la brutalidad de sus familiares (excepto de su tierna abuela), que suelen dormir sobre charcos de vómitos o se pelean a golpes con demasiada frecuencia, pero también se divierte con su frescura y sinceridad. Hace de padre, hijo y sobrino a la vez. El film transcurre entre las locuras divertidas de los hermanos Strobbe y el rescate de los valores más básicos, como el amor por los familiares, el compañerismo y la unión.
Moneyball, Bennett Miller (Estados Unidos). Billy Beane (Brad Pitt) es el manager de un equipo de bajo presupuesto de beisball. Cuando los tres mejores jugadores se van a franquicias más grandes, decide implementar un plan revolucionario en la liga para tener un buen rendimiento con jugadores baratos. Es, sencillamente, la opción de comprar jugadores por rol y ganar los partidos aprovechando 100% las virtudes de cada uno. Para eso, recibe la ayuda de Peter Brand, un joven graduado en economía de Yale. El film es divertido y, principalmente, tiene ritmo (bastante similar a Red social en ese sentido). La historia de Beane, basada en una historia real, una especie de Marcelo Bielsa del beisball, el jugador frustrado que debate internamente sobre las decisiones que tomó, es excelente. Y, lo mejor, la idea de que los protagonistas no siempre ganan.
Menciones especiales: Carlos (Francia, Olivier Assayas), El concierto (Francia, Radu Mihaileanu), Rango (Estados Unidos, Gore Berbinski), Poesía (Corea del Sur, Chang dong Lee), El cisne negro (Estados Unidos), Darren Arronofski y Otro año (Inglaterra), Mike Leigh.
Follow @lucasberteEl laberinto de la literatura y mis mejores lecturas del 2011
“Reúno estas historias (Plagios y traducciones) a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto”, Julio Cortázar.
La frase del escritor argentino está orientada a la escritura, pero bien puede emparentarse con la lectura. El lector también suele cerrar ciclos. Un libro que lee es uno menos que le falta para una carrera que ya tiene perdida, porque nunca leerá ni el 1% de todo lo que hay para leer. El libro que Cortázar espera en el ápice, ya perfecto, es también el último libro del lector. El último libro será el que se lea con mayor sabiduría, con mejor comprensión, con mucha más experiencia.
La literatura es un laberinto que no tiene salida, que no se puede dejar. Es un laberinto infinito, que no tiene fin. Es también un laberinto que no tiene barreras, rotas por la imaginación y el poder de la palabra. Es a la vez un laberinto en el que se puede avanzar pero en el que nunca se llegará a la meta. La literatura en realidad es un laberinto que te ayuda a escapar, aunque en él uno se encuentre perdido. La literatura es lo que te ayuda a ser un poco más feliz dentro del laberinto.
Estas son mis mejores lecturas del 2011. La mayoría son clásicos, esos que nunca se terminan de leer y siempre generan la misma pregunta: “¿Cómo no leí esto antes?”
Rayuela, Julio Cortázar. Un libro verdaderamente revolucionario. Una forma diferente de ver las cosas. Una brillante manera de escribir. En general, no suelen recordarse específicamente secuencias de la trama. Quedan en la memoria sensaciones, sentimientos, alguna que otra escena. Pero, en Rayuela, la absurda muerte del hijo de la Maga, Rocamadour, y el horrible concierto de Madamme Berthe Trépat que presencia Horacio para guarecerse de la lluvia, son sencillamente inolvidables. Diferentes al resto. Un relato lleno de nostalgia, amores perdidos y sueños rotos.
Las uvas de la ira, John Steinbeck. Nadie podrá describir y pintar un país en crisis como el Estados Unidos de 1929 de Steinbeck. Las diferentes reacciones de la sociedad ante la desesperación apabullan. La lucha intrínseca del ser humano, las maneras de sostenerse con un hilo de esperanza. Como la familia Joad y su sueño de escapar y triunfar en California. La tierra prometida que nunca llega. La inutilidad de la lucha. La última secuencia, el acto de Rosasharn ante un hombre que está a punto de morir de hombre, es simplemente apabullante.
Pájaros del crepúsculo, Hisako Matsubara. Extraordinaria pintura del Japón de post guerra, poco tiempo después de recibir las bombas de Hiroshima y Nagasaki. No se necesita demasiado contexto para entender las reacciones de Saya, la protagonista que relata la historia, y los otros personajes. La religión, la cultura, las costumbres, la historia. Todo cambió en ese lugar y parece que nada será igual.
Los pichiciegos, Fogwill. La guerra de Malvinas contada desde la guerra de los Pichiciegos. Son un grupo de contrabando que venden información a los ingleses (brindan datos, estrategias y posiciones del bando argentino) por unos paquetes de cigarrillos y algunas otras cosas que no pueden consumir porque permanecen todo el tiempo en trincheras, debajo de la tierra. El ridículo de la guerra, el sin sentido de la violencia (que no llega a mostrarse directamente), la diferencia entre lo que era el combate para los ingleses y los argentinos. La facilidad para identificarse con los protagonistas, los pobres chicos del interior que extrañan a sus mamás. Obra maestra.
Una novela real, Minae Mizumura. Novelón de la literatura japonesa del siglo XX. Como toda la historia de este país asiático, la mayoría de las cosas se explican por las raíces. La lucha entre lo Oriental y Occidental contado desde la historia de Taro Azuma, un japonés que sólo triunfó una vez que llegó a los Estados Unidos. A partir de un amor prohibido se cuenta la historia de Japón de los últimos 50 años. El relato atraviesa diferentes tiempos y lugares, personajes y clases sociales. Un amor reprimido, una amistad sincera y otras relaciones geniales.
¡Corre, Conejo!, John Updike. Habrá pocos personajes tan entrañables como Harry, el Conejo, Angstrom. Una burla a la clase media estadounidense. Una historia de frustraciones y amarguras. La primera secuencia del libro, cuando Harry juega al básquet con un grupo de adolescentes, se saca el pesado y caluroso traje y vuelve a su época de estrella universitaria es genial. El Conejo que corre es el conejo que escapa. Se va de lo que no le gusta, de lo que lo hace sufrir (una mujer, un bebé y otro que está por venir, un trabajo que no disfruta y más). Pero vuelve. Y ahí todo toma otra forma. ¿O no?
Lolita, Vladimir Nabokov. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta”. ¿Existirá algún comienzo mejor que este? Lolita es la locura y la falta de represiones. Nabokov tiene una prosa fina, densa y atrayente a la vez. Un erotismo sutil y delicado que roza la línea de lo depravado (parece evidente que algo de esto debería tener el escritor ruso). Lolita es una obsesión.
Matar a un ruiseñor, Harper Lee. Así como Steinbeck relató una crisis económica y social en Las uvas, Lee pinta como nadie los conflictos raciales en Monroeville, un pueblo inventado de Alabama, Estados Unidos. Pero no es sólo eso. El libro tiene una frescura inigualable. La historia está contada por Scout Finch, de seis años, quien vive con su papá, Aticus, un viudo, educado y honrado abogado, y su hermano mayor, Jem. Muchas de las anécdotas del libro fueron autobiográficas. Aunque esto suele pasar muchas veces con otras novelas, Matar a un ruiseñor tiene un toque único. Es divertido pero espeso y difícil de digerir a la vez. Escenas de enorme tensión y dramatismo. Un relato que enseña.
Menciones especiales: Azul casi transparente (Ryu Murakami), Flores de un solo día (Anna Kazumi Stahl), Fútbol, dinámica de lo impensado (Dante Panzeri), Golden Boys (Hernán Iglesias Illa), La llamada de la selva (Jack London), Los restos del día (Kazuo Ishiguro), El gran Gatsby (F.S. Fitzgerald) y Retratos y encuentros (Gay Talese).
Follow @lucasberteHow to make it in America: jóvenes sin foco

Ben vive como si estuviera anestesiado. Se aburre vendiendo jeans en Barneys. Odia a su jefe. No disfruta lo que hace. Está cerca de cumplir los 30 años y, aunque nunca se lo planteó del todo, percibe que nunca va a concretar los sueños que tenía a los 20. Tiene un talento extraordinario para diseñar ropa. Una mirada diferente, un sello propio.
Algo parecido le pasa a Cam, su mejor amigo. Es dominicano y vive con su tía. No tiene demasiado claro qué es lo que quiere hacer con su vida, sólo tiene una certeza: él y Ben triunfarán. Tiene todo lo que su amigo no: empuje, fuerza, convicción y determinación. Disimula la falta de formación universitaria con sabiduría callejera. Juntos hacen una pareja -comercial- perfecta.
Son los personajes principales de la serie How to make it in America, de HBO. Aunque todo está retratado desde una mirada cool, en una Nueva York que parece mucho más real que en cualquier otra serie o película, el tema que se relata parece estar en la lucha (o no) de la gente joven por encontrar lo que hace bien y le gusta. El sueño americano versión siglo XXI.
El proyecto, creado por Ian Edelman y producido por el actor Mark Wahlberg, tiene dos temporadas de ocho capítulos que duran menos de 30 minutos (la serie no fue del todo exitosa comercialmente y tuvo críticas buenas y malas. Por esta razón, entre la primera temporada y la segunda hubo un interminable período de un año y todavía no se confirmó si habrá una tercera. La cantidad de tiempo de salida entre una y otra es demasiado para un producto que se puede ver en cinco horas).
La clave del relato parece estar en el ritmo. El tráfico de las avenidas, las luces de diferentes colores que se prenden y apagan en los boliches y que cambian la percepción de los cuerpos, el sexo de una noche, la resaca y la música (excelente y que interviene en los momentos justos). El sentido estético es una de las claves. Cam y Ben pueden estar en el evento de moda más exclusivo y fashion de Nueva York y a las pocas horas encontrarse comiendo un pancho en un puesto de la calle de la zona de clase media baja de Brooklyn. Son gente común. Viajan en subte. Comparten la ciudad con todo tipo de gente, se mezclan, no pertenecen a un sector social único. No es nada del otro mundo, pero esta mirada difiere bastante con la vida que llevan personajes de otras series en la misma ciudad, como Sex and the City o Gossip Girl.
El foco de How to make it está puesto en el foco que no tienen los jóvenes. No sólo les pasa a Cam (Victor Rasuk) y Ben (Bryan Greenberg). También a Rachel, la amiga-novia de Ben, que decide viajar por el mundo para encontrar qué es lo que quiere hacer. Cuando vuelve a Nueva York, siente que todo está igual que antes. Entra a trabajar para una revista de mujeres pero su estilo no se adecúa con la línea editorial y la despiden. O Kappo, el amigo de la infancia de Ben, que gana fortunas como empresario de Wall Street pero siente impotencia por no tener con qué ni quién compartir el dinero. Cam, Ben y Kappo se juntan por antagonismo. Los primeros dos tienen éxito social (suelen acostarse con hermosas mujeres y son recibidos con gusto en las mejores fiestas de la ciudad). Al segundo le va bien en el plano profesional. ¿Alguno de ellos está contento? No del todo. Pasan los momentos con una dosis de buena onda ante las peores situaciones, fiestas, algún que otro cigarrillo de marihuana y lucha. Pese a algunos altibajos anímicos, se mueven y sacrifican por cambiar las cosas.
Los héroes y milagros no existen en esta serie que gana fuerza por su realismo. Wilfredo es un talentoso skater (la cultura del skate parece mostrarse en auge para los adolescentes y jóvenes neoyorquinos). No hay como él en agresividad y estilo. Pero está loco. Vive en los parques con su patineta hablando consigo mismo y tomando cerveza. Cam y Ben diseñaron un skate con la imagen de Wilfredo, con la intención de que se convirtiera en el mejor del mundo y fuera famoso. Pero nunca pasó. Tras el fracaso, Cam decidió vender el stock de tablas que tenía apilado y lleno de polvo en su casa. ¿Qué hizo? Fue a un colegio privado y esperó a que salieran los chicos. Cuando les dijo que Wilfredo era un gran skater y sería un gran profesional nadie se entusiasmó. Pero cuando les contó la verdad y les confesó que era un maldito loco con un tremendo talento que vive en Central Park hablando solo, con la amargura de no haber podido triunfar en las grandes ligas, todos quisieron una. De esa manera How to make it compra al espectador. No lo acaricia, le aplica un golpe duro y después le da un poco de hielo para que se recupere rápido (obviamente, es mucho más suave que Six Feet Under o The Wire).
Ben y Cam logran lanzar su propia marca de ropa, Crisp, viajan a Japón y logran tener contacto con grandes empresarios de la industria. Llegan a rozar la gloria y por momentos se pone en peligro su amistad. Los valores iniciales, de la unión y el compañerismo, quedan en segundo plano bajo la seducción del dinero y el éxito. ¿Qué es el éxito para ellos? Todavía no lo descubrieron.
Cuando el cine de animación supera al de carne y hueso

¿Sería demasiado exagerado pensar que entre los diez mejores films del siglo XXI figuran con facilidad cuatro o cinco de animación?
Quizás haya sido el japonés Hayao Miyazaki el responsable de cambiar el paradigma. En sus películas los protagonistas son princesas, gatos gigantes o fantasmas. Pero lo importante, en realidad, pasa por otro lado. En su obra muestra dibujos animados, pero el matiz de sus historias tienen algo distinto a lo que se puede ver en los canales de televisión infantiles. Sus temas y relatos, la mayoría de las veces, no son para chicos.
El director de El viaje de Chihiro dio un giro. A partir de él, los muñequitos de todo tipo de colores y formas ahora tenían cosas importantes para decir. Sus acciones derivaban en sentimientos y pensamientos profundos. ¿Por qué un adulto no puede ver películas de animación y pensar, llorar o reír? ¿Por qué no juzgar las atrocidades de una guerra por medio de actores que nacen de un lápiz y papel? ¿Un tanque dibujado es menos creíble que uno real?
Esa nueva concepción de las animaciones tomó vuelo y se desarrolla cada vez más. Muchos jóvenes directores, especialmente de Francia, Japón y Estados Unidos, dejaron de soñar con filmar a Robert De Niro o Al Pacino. Su visión del cine pasa ahora por otro lado. Y el resultado es una serie de brillantes películas.
Persépolis (2007), de Vincent Paronnaud y Mariane Satrapi, es el film que merece ser nombrado antes que todos (claro, Miyazaki ya tiene creado un post para él solo). Habrá pocos personajes tan geniales como Marjane, la protagonista. Todo el film pasa por sus ojos, en el contexto del Irán en la década del 70 y los años futuros, en plena revolución contra el Shah. Primero, Marjane es una nena inquieta que admira casi hasta al enamoramiento a su tío, defensor de las causas justas y muy involucrado en la política. Después pasa a ser una adolescente rebelde, que intenta defender sus derechos y libertades ante un sistema que censura todo y no para de reprimir (no sólo desde el aspecto físico). Luego, la joven frustrada de sueños rotos y miradas perdidas. Por último, la adulta que sufrió pero aprendió y ahora vive, con dolor, desde un escalón mayor de comprensión, sabiduría y pasado irresuelto.

Esta película lo tiene todo. El rol de la mujer en un país ultra ortodoxo, el papel de los iraníes cuando son extranjeros (en Francia, el lugar al que Marji escapa, no se la trata del todo bien), el proceso político en Irán, el amor, la amistad. Todo.
El ilusionista sufre en silencio. Ya nada es lo mismo. Hasta hace unos años, los teatros se llenaban para verlo actuar. Ahora, su público es cada vez menor. Pero lo que más le preocupa son los aplausos. Cada vez escucha menos cuando hace aparecer a un conejo de la galera o se saca un pañuelo de muchos colores de la oreja. Ya no hay interés en lo que hace. Los chicos, que ahora miran la televisión buena parte del día, ya no se asombran ante sus trucos. Los tiempos cambiaron. Se trata del film El ilusionista (2010), de Sylvain Chomet. Otra obra maestra que le rinde homenaje al director francés Jacques Tati, con el personaje principal tomando su forma.

El ilusionista forma parte de la corta pero más que interesante trayectoria del director de Las trillizas de Belleville (2003), un relato lleno de magia. El estilo de los dibujos de estos dos filmes tienen que ver con mundos añejos. Toda su estética se aleja de la modernidad y le da un toque de nostalgia que funciona a la perfección.
Aunque vendría a ser la pata comercial y superprofesional, los productos de Pixar no merecen quedar afuera de los grandes filmes de animación (aunque, en el caso de continuar con las continuaciones de películas exitosas, como este año pasó con Cars 2 y ocurrirá con la precuela de Monsters Inc, y dejar de lado las ideas originales, quedará un paso atrás del resto).
Wall E (2008), de Andrew Stanto, es una genial paradoja del mundo moderno con un protagonista simpático y divertido como pocos. El avance tecnológico llevó a que los hombres sean un grupo de gordos que no pueden valerse más que por máquinas que hagan todo el trabajo. Wall E es una especie de héroe y antihéroe a la vez que regala, además de una serie de secuencias inolvidables, hasta una gran historia de amor con Eva.
Además de Wall E, los primeros quince minutos de Up (2009), de Pete Docter y Bob Peterson, pueden ser quizás los mejores de todos los filmes nombrados. Brillante historia de dos nenes que, jugando, llegaron enamorados hasta viejos. Ed es un viejito que parece listo para sumergirse en la tristeza y la depresión, hasta que aparece el sentido aventurero que tenía perdido hace mucho tiempo (luego el relato pasa a ser bastante más infantil, un poco previsible y exagerado).
Vals con Bashir (2008), de Ari Folman, es la prueba de que un film animado no tiene límites y hasta de que a veces hasta tiene más recursos que cualquier otro formato para mostrar diferentes secuencias dramáticas. ¿Una película de dibujos animados habla sobre el trauma y la crueldad de la guerra? Sí. Y lo hace muy bien. En este caso, se construye el relato de un director de cine llamado Ari que participó de la guerra del Líbano pero que no recuerda nada. La reconstrucción de su historia como soldado eriza la piel.

Dependerá de la la empatía del espectador para gustar o no de los films de animación. Es posible que haya gente que no pueda “conectarse”, si se lo puede llamar de esa manera, con este tipo de personajes e historias. Lo cierto es que el estatus de que una película de animación es exclusivamente para que los padres lleven a sus hijos al cine a la fuerza ya terminó. Es evidente que hay una serie de personas que piensan a la animación como una nueva forma de mostrar las cosas. Y, muchas veces, puede ser claramente superior al cine de carne y hueso.
Revista Periplo: el cuerpo como rebelión y mi encuentro con Michele

¿Qué representa el cuerpo? ¿Es importante para muchas personas? ¿Hay alguien que sufra por su condición física? ¿Se puede cambiar lo que uno naturalmente recibe? Si es así, ¿cómo es el proceso de toda esa transformación? Algunas de esas preguntas intenté contestar en la nota del decimosegundo número de la revista Periplo. ¿El tema de la edición? Los límites del cuerpo.
Si tenía que escribir sobre el cuerpo, necesitaba la experiencia de alguien real. No bastaba la literatura ni el cine para intentar entender una realidad. Decidí entrevistar a un travesti. Hasta ese momento, no sabía muy bien qué es lo que podía llegar a sacar de la charla. Fui a los Lagos de Palermo, uno de sus lugares de trabajo.
Estaba nervioso. Dejé el auto a unos cien metros y caminé. Llevaba un cuaderno en la mano, para dar a entender de que era periodista y no estaba en ese lugar para otra cosa que hacer una nota. Antes de entrevistar a Michele, la protagonista del relato en Periplo, tres travestis rechazaron mi pedido de hablar unos minutos. “¿Qué me querés preguntar?”, me decían, con gestos de malhumor y desgano.
Caminaba hacia mi auto con el convencimiento de que había fracasado. Mientras me iba del lugar, sentía como si alguien me estuviera silbando. Me di vuelta para reconocer los ruidos que sentía que eran para mí. Fue un gran error. Un travesti morocho y semi desnudo me hacía señas para que fuera donde estaba. Esbocé una leve sonrisa nerviosa y seguí caminando.
Me sorprendió la cantidad de movimiento que había. Los autos, especialmente taxis, paraban en la zona y dejaban a los travestis que habían cumplido con su trabajo. Era la madrugada de un lunes. Al otro día, supuestamente, se trabajaba. Enfilé al último grupo de chicas con el que iba a intentar hablar. Una de ellas me dijo que no podía filmarla sin pagarle los derechos de televisión. “Pero él no es de la televisión, es de una revista. Es escrita la nota”, le dijo Michele, que estaba a unos dos metros, con una lucidez que hasta ese momento no había escuchado en ninguna de sus compañeras.
Hablé con Michele y con su testimonio pude responder parte de las preguntas que me había planteado. Como me suele pasar, sentí empatía con el entrevistado. Descubrí sus sueños, sus pasiones, sus miserias. Entendí algunas de las cosas por las que tiene que atravesar alguien como ella, de un pasado tenebroso y un futuro poco prometedor. Pensé en la falta de tolerancia de la sociedad, que discrimina sin pudor. “Michele es una buena persona. Hace su trabajo sin hacerle daño a nadie”, me dije.
Su historia está mechada con la del film Los muchachos no lloran (1999, dirigida por Kimberly Peirce y protagonizada por Hilary Swank), en donde el/ la protagonista, Brandon, sufre algo parecido a lo de Michele pero al revés. En fin, acá va el artículo, con brillantes ilustraciones de Julieta Piaggio:
Brandon esconde sus pequeños pechos con una faja, los aprieta todo lo que puede para que no se noten. Michele se puso siliconas y las exhibe como su principal arma de seducción. Brandon se corta el pelo sin mucha forma, con flequillo, orejas descubiertas y un poco más largo arriba que en los costados. Michele se lo deja crecer, le llega hasta los hombros y una vez por mes se lo tiñe de rubio con algunos mechones negros. Brandon se pone un par de medias en sus genitales, debajo de los calzoncillos, para aparentar un bulto que no existe. Michele esconde su secreto como puede. Conoce todos los trucos para disimular algo que está pero que quiere hacerlo pasar desapercibido.
La continuación de la nota, en la página 18 de la revista Periplo.
